CAMPOS DE TRABAJO Y CURSOS DE
FORMACIÓN
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EUROPEO
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experiencias de los voluntarios
“Diré que estas mujeres son dignas de admiración: se levantaban bien temprano para dejar sus casas listas antes de ir a los cursos, y aunque acudían con puntualidad “Lupitana”, es decir una hora más tarde, también es cierto que luego no tenían prisa por marcharse…”
Julia Pérez Martínez (Campo de Trabajo de Lupita, Guatemala, agosto 2006)
En Tômbwa aprendí a reírme de la vida gracias a los niños, y a llorarla sólo cuando sirve de algo. Aprendí a no tirar la toalla, y no desesperarme. Aprendí a ser más paciente, a respetar las diferencias, a apreciar el día a día… aprendí un poco más de portugués, algo de umbundu, aprendí varios juegos de niños que me encantan, canciones, historias… y lo más importante, aprendí que con trabajo y optimismo todo se puede hacer Vanesa Sánchez (Campo de Trabajo de Tômbwa, Angola, agosto 2006)
“Lo que más me llamó la atención de estas mujeres fue su alegría, son unas personas muy alegres cosa que yo admiro sobre todo si pienso todo lo que les ha tocado vivir y sufrir.”
Pilar Sáenz de Jubera (Campo de Trabajo de Lupita, Guatemala, agosto 2006)
yo he vuelto muy contenta, porque mis expectativas se han cumplido. He intentado aportar parte de mi, pero egoístamente, sobre todo, creo que buscaba lo contrario, enriquecerme con la experiencia, y con la gente Cristina Ciria Del Río (Campo de Trabajo de Tarma, Perú, agosto 2006)
“Considero que todo el mundo debería de tener esta experiencia ya que amplía la concepción de la realidad que se tiene sobre el mundo y sobre otros pueblos no tan favorecidos como occidente en el aspecto económico, pero muy ricos, en general, en valores y virtudes humanas.”
Fernando Mendaza (Campo de Trabajo en Tarma, Perú, agosto 2006)
He vuelto encantada de muchas cosas, tales como la asociación Madre Tierra, que he comprobado que son unas mujeres fuertes, alegres y muy organizadas. Aunque al principio no sabían muy bien cómo tratarnos (era la primera vez que unas voluntarias iban a pasar más de 1 ó 2 días con ellas), todo fue evolucionando muy bien hasta el punto de llegar a convertirnos en unas amigas para ellas. La verdad es que las voy a echar de menos. Además, toda la comunidad está muy unida y nos fueron aceptando como unas habitantes más de La Lupita. Me dio pena irme ya que me sentía como en mi casa (no con tantas comodidades pero así me hicieron sentir). Los adolescentes fueron con quienes compartí más momentos debido a mi curso de inglés y alguna clase de apoyo que impartí en compañía de la profesora de inglés de La Lupita. Me causó mucha pena e impotencia ver que las ambiciones de muchos de ellos se quedan en el camino debido a sus circunstancias y a la falta de medios para seguir con su educación
Leticia Taranilla Redondo (Campo de Trabajo de Lupita, Guatemala, agosto 2006)